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FILOSOFAR ES RECONCILIARSE CON LAS
PALABRAS DE UNO
Traducción Mercedes
García Márquez
El original en francés está en la página web de
la revista Diotime l’Agora
www.crdp-montpellier.fr/ressources/agora/
Una de las tareas principales de la práctica
filosófica es la de invitar a la persona a reconciliarse con su
propio discurso. Esta afirmación parecerá extraña
a algunos, pero a la mayor parte de las personas que hablan no les
gusta lo que dicen, mejor dicho, no lo soportan. «
¡Cómo es posible ! » replicarán los
objetores, « la mayoría de la gente habla, incluso hablan
mucho ». Constatación innegable : no hay más que
instalarse en un lugar público y oír el guirigay de las
conversaciones para darse cuenta.
En efecto es verdad que la mayoría de las personas hablan,
incluso se podría decir que se sienten obligadas a hablar. Como
con una compulsión imparable, a la vez porque quieren decir,
quieren expresarse, y porque no soportan el silencio. El silencio es
sospechoso, pesa, ofrece una apariencia triste; hace falta tener una
gran confianza con alguien para aceptar el silencio en su
compañía, o tener una buena razón, sin la cual
podría significar un cierto desinterés, una ruptura de
diálogo, léase un conflicto.
Las personas hablan, en general hablan de cualquier cosa : del tiempo,
de los acontecimientos, de los avatares de su vida privada,
intercambiamos atenciones, lugares comunes, y cuando la
conversación se embala, a veces nos hacemos confidencias
íntimas, nos revelamos pequeños secretos, o compartimos
un dolor más personal, inconfesable. Sin embargo cuando la
discusión se acalora por un desacuerdo una primera sospecha se
impone a nuestro ánimo por lo que respecta al placer de «
hablar ». Los ánimos se encrespan, se calientan, se
enfurecen, se enervan, se vuelven violentos o toman un cariz agrio. Si
no estuviéramos tan habituados a ese tipo de viraje hacia la
virulencia podríamos extrañarnos: « ¡Oye,
mira! están descubriendo una idea que les importa, un tema que
al parecer les interesa, además, como no comparten
opinión, pueden discutir... ¿Porqué ese desagrado
o dolor con el que parecen vivir ese desacuerdo? » La
sabiduría popular proclama que hay que evitar las discusiones
que nos producen enfado (esto atañería a los temas
importantes aquellos que nos apasionan) y que deberíamos
atenernos a los intercambios formales, ciertamente menos apasionantes,
pero también menos arriesgados.
Tener razón
¿Cuál es el problema aquí ? Cada uno
pretende tener razón. Pero no es habitual detenerse en el
significado de la idea « tener razón », y por
qué nos apasiona tanto. Se pueden dar explicaciones varias, que
si es una cuestión de confrontación con tu semejante, de
lucha de poder u otra, y que uno, en esa batalla, se juega su propia
imagen, explicación que contiene sin ninguna duda su parte de
verdad. Pero lo que nos interesa aquí es otra vertiente de este
asunto, que no está desvinculada de las intuiciones
precedentes: la hipótesis según la cual el ser humano en
el fondo aprecia poco su propia palabra, lo que explicaría
tanto las dificultades de la conversación como la facilidad de
su deslizamiento hacia aspectos desagradables. En efecto, si una
persona amase por poco que fuera su propio discurso, si confiara en
sus palabras, ¿Por qué se habría de preocuparse
tanto de ser reconocido por su prójimo? ¿Por qué
querría de manera tan insistente obtener algo de su
interlocutor ? Llegados a este punto, dejaremos de lado las
discusiones que tengan un objetivo bien definido como son las que por
convicción o por interés práctico tengan la
necesidad de convencer al otro, porque en ese caso la discusión
no es libre, no es ella su propio fin, desea explícitamente un
objeto sin el cual la discusión no tendría razón
de ser, la finalidad se halla precisada y afirmada.
Bien es verdad que pensamos que, indirectamente, siempre buscamos
algo, puesto que en general esperamos obtener una manera u otra de
adhesión de la persona a la cual nos dirigirmos. Pero la
cuestión es saber por qué. En esta perspectiva
percibimos el mecanismo de la « reina madre » la madrastra
de Blanca Nieves « Espejito, espejito, ¡Dime quien es la
mas bella ! ».
Si la reina madre apreciaba tanto su propia belleza,
¿Qué necesidad tendría de preguntarle al espejo
si es ella la más bella ?¿Qué necesidad
tendría de compararse a la pobre Blanca Nieves?
Evidentemente, existe una relación cierta entre el hecho de
encontrar a alguien bello y el hecho de amar, a otro o a sí
mismo, y así como ya lo expuso Platón en el Banquete, es
difícil saber qué sea antes si la belleza o el amor.
¿Nos amamos por ser bellos o nos encontramos bellos porque nos
amamos ? Y para volver a la palabra a la que estamos poniendo en
cuestión ¿qué ocurre? ¿Encuentro que mi
palabra es fea porque no me amo? O bien ¿no me amo porque
encuentro fea mi palabra? Dejaremos que esta cuestión sea
zanjada por cada cual a su modo, o puede que sea un buen tema para
especialistas. En cuanto a mi, como práctico de la
filosofía, mas preocupado por el fondo del pensamiento en
sí que de la subjetividad humana, a pesar de los lazos que los
unen, me preguntaré (como al principio de este texto)
cómo podría reconciliar al sujeto con su propia palabra.
No por la preocupación de hacerle feliz o por algún
proyecto eudemonista, sino únicamente porque si no se
reconcilia con su propia palabra, no podrá pensar.
Proteger la palabra
Antes de explicar esta última frase, precisemos que para
mi, el hecho de reconciliarse con la propia palabra no implica
encontrarla maravillosa, mas bien al contrario. El éxtasis ante
la propia palabra es demasiado a menudo la expresión narcisista
de una subjetividad exacerbada, de un mal ser, de una ausencia de
distancia, de una incapacidad de mirada crítica. Un poco como
un padre que tiende a ver a su hijo maravilloso para vivir por
delegación una felicidad que no sabría encontrar en
sí mismo. Reconciliarse con su propia palabra, es aceptar verla
como es, tomarla por lo que es, no atribuirle virtudes que no
manifiesta en absoluto, ni intentar protegerla de la mirada de otros,
a través de la « timidez » o una
argumentación excesiva llena de « lo que quería
decir » y de « no me comprendes ». Reconciliarse con
la palabra de uno, es aceptar oir las palabras tal y como suenan en
los oidos de los demás, es hacer un duelo de un sentido que
está visiblemente ausente de la formulación tal y como
está forjada, es desear ver los abismos, las rupturas y las
traiciones de las palabras que han sido pronunciadas, es aceptar la
brutalidad de las palabras. Aunque solo fuera porque las palabras que
hemos pronunciado nos dicen mas sobre lo que pensamos y lo que somos
que todas las palabras que todavía tenemos ganas de expresar.
Proteger la palabra de uno es por otro lado una de las motivaciones
primeras de lo que comúnmente llamamos, precipitadamente y por
que es fácil, timidez. En efecto, buen número de estos
« tímidos » son de hecho personas que tienen una
muy alta opinión de lo que tienen que decir, pero temen sobre
todo que los « otros », los que les escuchan, no
participen de esa admiración por sus palabras.
Consideran mas seguro y menos peligroso abstenerse de hablar con el
fin de conservar esa apariencia de genio, gracias al beneficio de la
duda, ya que se les puede atribuir todas las virtudes de la esfinge,
mientras no hable. Pero hay mas, si temen el análisis
crítico de sus palabras, es que ignoran o huyen de esta
práctica hacia sí mismos. A semejanza de los grandes
inspirados, piensan estar en lo cierto sin pronunciar ni una sola
palabra, y sin ser verdaderamente conscientes, están más
apegados a un pretendido « fondo » ilusorio de su
pensamiento que a sus propias palabras. Por lo tanto intentarán
evitar la crítica de su palabra haciendo referencia a lo que
querían decir, o bien abandonarán o renegarán de
sus palabras de la manera más abrupta para replegarse en su
fuero interno, o lanzándose a un discurso sin fin. Pero nunca
aceptarán tomar sus propias palabras como la sustancia misma de
su pensamiento : sería exponerse mucho.
Arriesgarse a pensar
Aprovechemos por un instante la antinomia que hemos
identificado en el tímido. Oponiendo el « fondo »
del pensamiento a las ideas ya expresadas, oponemos de hecho el
infinito al finito, ya que oponemos la todo poderosa virtualidad a la
finitud de lo concreto, el potencial indeterminado a la
determinación de lo que ya ha sido actualizado. Lo virtual lo
puede todo, todo es posible, todo puede ser todavía dicho,
mientras que lo concreto está ahí, bien presente,
comprometido con la alteridad de lo real, anclado en el tiempo y el
espacio. La palabra que es dicha está dicha, y es por eso
específica, compromete a una palabra formada, un modo de ser,
una perspectiva particular.
Siempre podemos interpretarla, reinterpretarla, y
requeteinterpretarla, podemos hacerla decir lo que queramos, aunque
solo fuera por que no está acabada, pero a pesar de eso ya ha
anunciado algo de particular, y a menos que no recurramos a la mayor
mala fe (cosa no de extrañar y a no excluir) no podremos
hacerle decir cualquier cosa o transformarla en lo contrario de lo que
ya dice. Por otra parte, es esta exclusión lo que molesta : el
hecho de que afirmando, sea la que sea su afirmación, esta
frase conlleva necesariamente una negación, como nos
enseña Spinoza. Todo lo que afirma, por el hecho mismo de la
afirmación, niega. Niega de hecho : recusa lo contrario de lo
que afirma. O también por omisión, olvidando de decir
algunas cosas, relegándolas a un segundo plano. Pero más
de un hablante forcejeará todo lo posible para rechazar esta
dimensión negativa de la palabra, en particular la segunda, mas
fácil de ocultar, refugiándose en la « totalidad
» de su pensamiento, en lo que podría todavía
decir. En este sentido, aceptar uno su discurso o sus palabras como la
expresión de su pensamiento, más todavía como la
sustancia misma del pensamiento (Hegel), o como los limites del
pensamiento (Wittgenstein) es el equivalente psicológico o
filosófico de aceptar lo que hemos hecho, aquello que hemos
llevado a cabo, como la realidad de lo que somos (Sartre). En efecto,
podemos todavía refugiarnos en « lo que podríamos
ser », « lo que podríamos haber sido »,
« lo que querríamos ser », « lo que nos han
impedido ser », « aquello que fuimos », « lo
que seremos » y estas diferentes dimensiones virtuales del ser o
de la existencia tienen un cierto sentido y una realidad, pero
también pueden fácilmente representar una especie de
coartada, de refugio, de fortaleza, para no ver y asumir lo que somos.
El pasado, el futuro, el condicional, lo posible o incluso lo
imposible constituyen los repliegues para ocultar el presente y lo
actual. Y si no pido en absoluto ocultar o subestimar esas diferentes
dimensiones, que componen a su manera la riqueza del ser y su libertad
de concebir, sí deseo señalar la trampa que representan
y poner en guardia contra la utilización abusiva de esta
multiplicidad.
Ya que si abusamos del presente en detrimento del pasado, del futuro o
del condicional en lo que se refiere a la satisfacción de los
deseos y a la búsqueda del placer, lo ocultamos muy
fácilmente en lo que concierne a la realidad de nuestra
palabra.
Maltratar la palabra
Centrémonos en lo que podría amenazar a esa
palabra temerosa. De manera muy juiciosa, los sofistas perfilan dos
críticas contra el modo de Sócrates de discutir, o mejor
dicho, de preguntar. La primera : « Me fuerzas a decir lo que no
quiero decir». Ya que Sócrates, con su oido aguerrido,
entiende lo que dice y lo que niega una frase u otra, y exige de su
interlocutor una interrupción, una congelación de la
imágen, para que rinda cuentas sobre esa frase, para que se
dé cuenta de su frase. Ese dar cuenta termina
prácticamente siendo para él la definición de
pensar, o de filosofar, ya que razonar es dar razón de algo.
Invita pues a su interlocutor a encontrar la génesis, la
arqueología, de su propósito, para tomar de él el
sentido y la realidad. Pero no se trata de la génesis singular
de la intención del locutor, sino la génesis del
sentido, de la universalidad del término. Y sin embargo esta
realidad, visible a través de las palabras, es frecuentemente
olvidada o negada por el autor de las palabras, simplemente por que no
está dispuesto a aceptar de ellas una realidad más
allá de la intención específica que le empujaba a
pronunciarlas. Intención que ¡Desgraciadamente para
él ! no es mas que una parte ínfima y limitada de la
realidad propuesta a través de sus palabras : la
intención es reductora. Y curiosamente, el oyente atento, ajeno
a la intención de las palabras percibirá mejor esa
realidad « objetiva » de la palabra puesto que él
no está habitado y cegado por el deseo particular que la ha
motivado. Pero el locutor, por supuesto, rechazará a menudo la
interpretación del oyente, la considerará a menudo como
intempestiva e intrusiva, incluso ilegítima o alienante.
Se considerará como el único poseedor del sentido de sus
propias palabras, y pretenderá confiscar toda
interpretación a favor de su sacrosanta intención. Como
si nuestra palabra fuera reductible al simple sentido que pretendemos
acordarle, a menudo de manera sesgada y absurda. Este desgajamiento de
uno, esta ruptura entre uno y la palabra considerada como mi
proyección, es el crisol mismo de la práctica
socrática : sondear el abismo del ser, trabajar esta cavidad
que constituye nuestra singularidad parcelada. ¿Cómo no
rebelarse contra un intervención tan abusiva, contra una
proposición tan tendenciosa ? Perspectiva insoportable en el
ambiente psicologista actual.
La segunda crítica, totalmente conforme con la primera, es
« Me rompes el discurso en trocitos »... Sentimiento
desagradable el que suscita esa disección con escalpelo de un
conjunto pretendidamente harmonioso en el cual hemos puesto tanto
esfuerzo y amor, pequeño trozo de ser individual, graciosa
brizna de nuestra persona, bellamente compuesto, ensamblaje que
presentamos al mundo como una muestra seleccionada de nosotros mismos.
Y si nuestra puesta en escena verbal nos deja insatisfechos, si no la
vemos a la altura de nuestro pensamiento o no totalmente consonante
con él, somos mas sensibles al análisis que otros
pudieran hacer, nos ponemos más nerviosos por la suerte que
pudieran hacerla correr. Y hay una buena razón por la cual
tenderemos a estar insatisfechos de nuestro discurso : es que
intentamos a menudo « decirlo todo » con nuestro discurso,
« incluirlo todo », en cualquier caso lo pretendemos. Que
se trate de decir la verdad más integral de lo que pensamos, o
que se trate de decir la totalidad, el todo, a traves de la
enumeración infinita y generalmente confusa de causas y
circunstancias. Intentamos cubrir todos los ángulos, prever las
objeciones y prevenir los juicios críticos protegiendo nuestra
palabra con todas las pantallas posibles, con el fin de hacerla
imparable. Y que hace Sócrates : coje un pequeño trozo
de nuestra « obra maestra », que escoje de la manera mas
arbitraria e incongruente, con el fin de examinarla y triturarla en
todos los sentidos, ignorando totalmente lo que hemos podido afirmar
en otro momento, aunque sea el instante precedente. Ignora la
extensión o la belleza de nuestro discurso y pretende
preguntarnos sobre un aspecto específico de lo que hemos
abordado, como si no hubieramos dicho nada más, exigiendo
responder con una palabra corta y precisa, veáse un simple
« si o no », reduciéndo toda la amplitud de nuestro
pensamiento a un simple juicio : el de un asentimiento o un rechazo a
una idea particular. Idea particular que naturalmente queda atrapada
en una trampa infernal que nos remite a la crítica precedente :
el interlocutor nos obliga a afirmar lo que no hemos dicho y no
deseábamos decir. Descontextualiza la palabra y pide a
continuación que nos posicionemos con respecto a su significado
radical.
Inquietud por la palabra
Podríamos creer que es el hecho de padecer una
interpretación abusiva lo que molesta al locutor, vigilante
para que no obliguen a sus palabras a decir lo que él no
deseaba decir, u otra cosa distinta de lo que él deseaba decir,
pero nos parece que el asunto es más profundo o más
« grave ». En efecto, para desestabilizar a tu
interlocutor, y podemos hacer la experiencia, basta a veces con
pedirle, con un tono de interés, que repita lo que acaba de
decir « ¿Puedes repetir lo que acabas de decir ? »
y veremos a nuestro hombre sorprenderse y empezar a defenderse, sin
que le hayamos hecho la mas mínima crítica. A menudo no
repetirá lo que ha dicho, en primer lugar porque él
mismo no ha prestado atención a sus propias palabras, lo que ya
es significativo, o bien por que se siente amenazado y querrá
más justificarse que retomar lo ya dicho, o también
podrá transformar sus palabras iniciales empezando por «
lo que quería decir... » Una especie de inquietud o
incluso pánico le invade, sin que, objetivamente, haya habido
el menor indicio de crítica alguna. Bien es verdad que en este
punto podemos invocar a guisa de explicación o de circunstancia
atenuante una especie de trauma social. Los seres humanos hacen poco
caso a la palabra del otro, sea porque la ignoran porque no se sienten
concernidos, sea porque la contestan porque sus ideas son diferentes a
las del otro, o todavía más reduccionista, la rechazan
simplemente porque es el otro el emisor de la palabra incriminada.
Así funciona esta dinámica social, vector del trauma
citado anteriormente, cada uno faltando al respeto a la palabra del
otro, todo locutor está convencido más o menos
conscientemente que su interlocutor no buscará sino la
ocasión de criticarle. Aparece otro matiz a incluir en nuestro
asunto : la dimensión cultural. En efecto, ciertas culturas
están más prestas a la crítica que otras, pero
aquellas en las que la crítica es considerada como un atentado
al decoro y a las convenciones sociales expresarán sus
reticencias, su desprecio o su desinterés, ya sea con
educadísimo agradecimiento o con la expresión de un
interés manifiestamente superficial, efímero, y hasta
mentiroso. Pero me he dado cuenta de que en las sociedades cuyas
maneras son más corteses no son necesariamente donde reina
menos inseguridad con respecto al estatus de la palabra individual.
Digamos que cada grupo humano tiene sus propias maneras de autorizar,
justificar o incluso de animar a la desconsideración hacia el
prójimo.
Pensar por otro
Volvamos a Sócrates. Curiosamente, se interesa
enormemente por la palabra de los otros. Incluso se podría
añadir que no puede pensar sin los otros. Si no,
podríamos preguntarnos por qué este hombre de rostro
grotesco pasaba tanto tiempo buscando la compañía de sus
semejantes con el fin principal de practicar el cuestionamiento
filosófico. ¿No tenía nada mejor que hacer este
hombre de espíritu agil y sagaz ? ¿Porqué perder
el tiempo con cualquiera y casi para nada ? Porque algunos personajes
que nos describe Platón no son nada brillantes, pero para
Sócrates la búsqueda de la verdad no conoce
límites ni presupuestos establecidos. Todo sirve, cuando se
trata de descubrir el bien, la verdad o la belleza, y si hay
algún obstáculo éste se convierte en el crisol
mismo del ser y del uno. ¿Quiere Sócrates hacer caridad
? ¿Acaso milita en la mejora de la humanidad ? o ¿Es que
se aburre solo, envarado en una soledad filosófica, a la manera
del mítico filósofo de la caverna ? ¿Quiere
convencer ?
En el fondo, hasta la verdad no es más que un pretexto.
Tiene que andar buscando lo que ignora, sondear el alma humana, y
mientras los filósofos sondean la propia, el se siente empujado
por su « demonio » a explorar todas las que pasan por
allí, a cada cual más prometedora, más
decepcionante y más rica. No hace falta buscar mucha
teleología: Sócrates no busca nada, simplemente busca,
busca buscar.
Pero esta búsqueda atrae bastantes problemas. A caso porque sin
querer y sin duda sin saberlo, o sin querer saberlo, rompe con lo
establecido. Demasiado ocupado por su deseo, cegado por la
pasión, no sabe nada ni ve nada, no existe : solo busca. Perro
de caza que persigue a su presa hasta su madriguera, pez torpedo que
paraliza a todo el que entra en contacto con él, tábano
que pica y hostiga a todo el que se acerca : no faltan las
metáforas percutientes para explicar o justificar el asesinato
que le infligieron. ¿Acaso la muerte de Sócrates, gesto
inaugural de la filosofía occidental, no era inevitable ? Pero
¿por qué el hecho de interrogar a otro le hace tan
insoportable a los ojos de los atenienses, que en el mito
socrático no representan nada que no sea el ser humano en
general ? Ciertamente un personaje así puede revelarse como
alguien muy cansino para la convivencia, pero ¿Porqué
tanto odio ? Un odio que no sería tan grande si se limitara a
estar en desacuerdo con sus semejantes, o incluso a lanzarles
invectivas como lo hacen los cínicos. Pero el cuestionamiento
es – visiblemente - mucho más corrosivo que la
afirmación. Escruta demasiado de cerca la palabra del otro, y
el otro, aunque diga lo contrario, en realidad no quiere que se le
haga eso. Porque el acceso al pensamiento es demasiado directo por la
palabra, y el vínculo entre el pensamiento y su ser es
demasiado explícito. Y si el individuo pone todo su
empeño desde su más tierna infancia en olvidar su propia
finitud, su imperfección, su enfermedad y su inmoralidad, no es
para que un pervertido aparezca y de manera irreverente, intrusiva y
brutal, le señale con el dedo y le pregunte cómo se
llama ese handicap o esa verruga que tanto se esfuerza en esconder,
sobre todo mientras todo hijo de vecino suele desviar púdica y
automáticamente la mirada si algo se dejara entrever...
Extraña especie la humana, que derrocha tanta energía en
esconder su naturaleza individual, esa realidad de la que se
avergüenza, una naturaleza específica que viene a ser
considerada ni mas ni menos que como una de esas enfermedades de
origen dudoso de las que hay que esconder su existencia y su causa.
Será por eso que ignora su verdadera naturaleza, la de ser
humano.
Malos modos
Como consecuencia de la realidad socrática y de los
conflictos que genera se deducen los términos últimos
–o primeros- de la acusación : « Tienes algo contra
mi », o « Tus intenciones no son buenas ». Desde el
momento en que no es natural interesarse tanto por el discurso y el
pensamiento de otro y que no es normal cuestionar de ese modo, en
lugar de decir y afirmar, se puede considerar indecente desmenuzar de
una manera tan abusona la mínima palabra que oye uno. Ruptura
de las tradiciones que pone en cuestión el funcionamiento
habitual. Y es que si un comportamiento tal no fuera considerado
perverso, tendríamos que admirar a este hombre, un sabio, capaz
de tal ascesis, de tamaña indigencia, animado por una confianza
tan grande en el otro que cree poder descubrir la verdad siempre y sea
cual sea su congénere. Ya que es esto lo que a fin de cuentas
anima a Sócrates. Pero por desgracia, la fragilidad humana, su
inseguridad, percibe esta andadura confiada y halagüeña
como una agresión. Cuestionar a alguien es declararle la
guerra, quererle humillar, intentar reducirle a la nada, en resumen,
obligarle a pensar y sobre todo a pensar sobre sí mismo.
¡Conócete a ti mismo ! Así conoceremos el universo
y los dioses. En efecto, qué significaría el objeto
conocido, si ignoramos el instrumento del pensamiento, el
espíritu mismo, como destaca Hegel. Y es que precisamente lo
que nos asusta es el conocimiento de nuestro espíritu. Ya que
si por un lado nos dejamos seducir por un filósofo que hable
bien de la apertura y vacuidad del alma, y nos sentimos bien cuando
comprendemos o entrevemos la ceguera y la banalidad en la cual viven
nuestros conciudadanos, sin embargo nos desilusionamos brutalmente
cuando nos damos cuenta que ese discurso se dirige a
nosotros.¡Eso no se hace !
Aceptar la finitud
Y sin embargo, cómo reconciliarse con la palabra de uno
y por lo tanto reconciliarse con uno mismo, si no es aceptando las
lagunas y las taras que afligen a nuestro discurso, si no es
contemplando las rigideces que lo constituyen en su
elaboración, si no es entreviendo los límites de su
extensión. Reconciliarse con la palabra de uno es aceptar la
finitud, la imperfección, a riesgo de sentir un profundo
ridículo. ¿No amamos a nuestros más
próximos y a nuestros niños a pesar de sus defectos y
sus tics ? ¿Tenemos que estar ciegos para amar a los que nos
rodean ? Si se tratase de eso, nos arriesgamos a una gran
decepción cuando se nos abrieran los ojos, por efecto del paso
del tiempo o como consecuencia de algún acontecimiento fortuito
y generalmente dramático. Lo mismo pasa en la relación
con uno mismo. Podemos ciertamente intentar, conscientemente o no,
alimentar la ilusión de la transparencia, de bienestar, de
satisfacción, de algún tipo de contento, a riesgo de una
complacencia efímera o parcial, y de una decepción
segura. Es en ese momento cuando el Sócrates en
questión, o su equivalente, el extrangero de diálogo
tardo, puede ser considerado como nuestro verdadero amigo. El que osa
hablarnos con toda franqueza, el que osa señalar a otro lado.
Ese otro lado que nos « obliga » a llevar anteojeras,
porque igual que el clásico caballo de carreta no podemos
soportar ciertas realidades laterales : nos ponen nerviosos. Miramos
de frente y seguimos nuestro camino recto sin preocuparnos de las
llamadas desde los bordes que nos harían vacilar, dudar o hasta
paralizarnos. Sócrates nos interpela : « ¡Eh, tu
amigo ! ¿Has visto lo que está pasando?
¿Qué piensas de esto o de lo otro ? » Y nos
escucha la respuesta, con la falsa ingenuidad que le caracteriza. Pero
el humano es listo, como el perro o el felino, y sabe por donde le da
el viento. Instintivamente lo ve venir. Y ahí es donde se da la
experiencia crucial, el momento de la decisión, la que separa a
los humanos de los humanos. ¿Va a querer reaccionar «
biológicamente » y huir o agredir al que amenaza su
« integridad » existencial ? o bien percibirá en
ese hombre de aspecto y discurso extraño al amigo que nunca
había encontrado ? El amigo que no tiene amigos. El enamorado
sin amante. Ese al que le anima una pasión sin objeto. O
quizás es él mismo el objeto e ignora quién es el
sujeto, cual es el sujeto.
Claro que se trata de un amigo raro con un humor más que
extraño : qué ironía es esa que no es sino una
mentira. ¿Cómo podemos confiar en él ? Si a guisa
de discusión nos cuestiona. Peor todavía, nos
constriñe a una miserable elección –si fuera el
caso- entre un « sí » o un « no »,
entre « esto » o lo « otro ». Porque es obvio
que ciertas preguntas tienen trampa. Pero al fin y al cabo, puesto que
estamos lanzados en esta perspectiva imposible, veamos como este
hombre que no es humano pudiera de todos modos querer nuestro bien.
Justamente, no lo quiere, nuestro bien. Ese es su principal
interés. No quiere sino su propio bien, lo busca, necesita de
ti, y lo dice ; no es mucha la ironía cuando está
pidiendo a cada uno que se convierta en su maestro, el maestro que
busca desde siempre. Ciertamente al final el trato con un ser
así se hace insoportable. Pero ¿Acaso está
pidiendo que se conviva con él ? Sus interlocutores son
numerosos, incluso cambian al hilo de sus diálogos, y esto no
es casual. Aquellos que dice amar cambian al hilo de los
diálogos. Platon que hizo de este ser su pitanza, antes de
lanzarse en su propia trayectoria, lo habrá conocido muy poco
tiempo. Esto explica la pasión que le anima. Al final, el
efecto corrosivo del cuestionamiento no puede provocar mas que
alejamiento.
Un amigo que no quiere nuestro bien
No obstante, lo que hace que Sócrates sea vivible, como
hemos dicho, lo que le convierte en un verdadero amigo, es justamente
que no quiere nuestro bien. No quiere convencernos de nada, no desea
mostrarnos el verdadero camino. Solo nos cuestiona, simplemente, y nos
invita a ver, a ver lo que no vemos, lo que no queremos ver, a ver lo
insoportable, lo que no se puede vivir. Y en este sentido nos
está invitando a morir. Ya que si filosofar es aprender a
morir, no se trata de una muerte ulterior y final, sino la de cada
instante. La que nos acecha, como una espada de Damocles, sobre
nuestras cabezas aturdidas por la inercia de lo cotidiano.
Divertimento pascaliano. Nuestras ideas están constituidas por
esa multiplicidad de opiniones que nos bastan para seguir las reglas
del juego. El juego de la sociedad, el juego de la familia, el juego
de los deseos y ambiciones personales, de la persecución de la
felicidad, la felicidad con mayúsculas o los pequeños
placeres. La perseverancia en el ser, el conatus espinoziano, es a
menudo concebido como el de una pura exterioridad. Vivir adquiere
generalmente el sentido de una multiplicidad de obligaciones, internas
y externas, que habría que cumplir mejor o peor. Y sin embargo
el ser es uno, para Sócrates como para Spinoza, aunque esta
unidad no excluya la multiplicidad, si no al contrario. En eso el
fragmento es sin embargo la sustancia viva, ya que tampoco se trata de
andar escapándose a un más allá del más
allá donde anida toda realidad.
Como lo cuenta muy bien el mito de la caverna, el filósofo que
somos no sabría vivir fuera de la caverna : es su lugar
predilecto. Es el amigo que nos despierta la mala conciencia, al que
dejamos hablar de vez en cuando para reírnos, para mas tarde
hacerle callar enfadados. Y es que no estamos siempre de humor para
dejar que nos interrumpan o nos enturbien nuestro tran-tran, para que
nos hagan perder el equilibrio inestable que a duras penas conseguimos
hacer funcionar. Filosofar es pensar lo impensable, un impensable que
la existencia no propicia. Porque nos obliga a la evidencia, a la
certeza, a lo esperado. Prefiere lo cierto, ama lo probable, pero le
rechina lo posible mientras sea una simple posibilidad y le teme a lo
imposible.
De vez en cuando propiciado por la ociosidad, por el cansancio o por
un resurgimiento del ser, autoriza el surgimiento de lo
extraordinario, de lo imprevisto, de lo inaudito. A dosis
homeopáticas, o por un tiempo restringido, y a menudo de manera
perversa. El amor, el humor, la visión mística, la
ebriedad, son distintas maneras a través de las cuales la vida
se distrae de ella misma, porque juega y se olvida. La
filosofía exige una tal ruptura de manera consciente,
deliberada y continua. Ciertamente cada uno habrá tenido
algún momento filosófico, ese instante en que el sentido
bascula, hacia otro sentido o hacia el sin sentido. Y la experiencia
de ese instante podrá engendrar, aunque nunca se haga realidad,
el anhelo de otro lugar, pero no otro lugar para vivir, si no otro
lugar que no sea la vida. En esto el espíritu es malo como un
diablo, estaremos tentados de instaurar una vida fuera de la vida,
más allá de la vida.
Reconciliarse con la palabra de uno, es como reconciliarse con el
prójimo, implica no tener expectativas, y por lo tanto no estar
frustrado o decepcionado, mejor todavía no poder ser nunca
decepcionado o frustrado. Lo que por lo demás no implica en
absoluto abandonar el espíritu crítico, mas bien al
contrario, puesto que lo que nos impide adentrarnos en un
análisis corrosivo y profundo de los propósitos y de los
seres es el miedo a la pérdida, el miedo a los golpes, a las
heridas, o simplemente por la susceptibilidad ultrajada. A partir del
momento en el que no subsiste el deseo de conservar ninguna atadura
que no sea la que nos une a la persecución común de la
verdad ¿Qué podemos temer ? Está claro que si no
ha sido mermado en su impulso, si no ha ido teniendo el hábito
de prohibirse el pensar, el espíritu piensa : toma lo que
percibe en una relación íntima y dinámica con el
molde de pensamiento que se haya constituido con el tiempo. Esos
moldes serán mas o menos elaborados, más o menos finos y
mas o menos fluidos, pero constituirán para cada sujeto
pensante el rasero de todo pensamiento nuevo, la referencia activa, el
lugar original, del que proviene todo pensamiento y al que todo
pensamiento regresa. Por otro lado este es el modo en que la palabra
accede al ser, por que la palabra deja de ser un discurso. Ya que en
esa intimidad consigo mismo, el objeto del pensamiento ya no es un
objeto sino el sujeto mismo. El sujeto pensante se vuelve el objeto
directo del pensamiento, la mediación se convierte en el lugar
de lo inmediato, de un inmediato consciente y reflexionado.
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